Resumen
Las elecciones de 2026 en Brasil se desarrollan en un contexto en el que el crimen organizado ha trascendido la mera cuestión de seguridad pública y comienza a ser objeto de debate y percibido como un desafío directo a las instituciones democráticas. Investigaciones recientes y datos electorales demuestran que las facciones criminales no solo están expandiendo su control territorial y sus economías ilegales, sino que también están financiando campañas e influyendo en la dinámica política local. Este debate se desarrolla paralelamente a la implementación de nuevas medidas como la Ley contra las Facciones y el programa Brasil contra el Crimen Organizado, que buscan fortalecer la capacidad del Estado para enfrentar a las redes criminales.
Esta creciente superposición de intereses ha suscitado preocupación por la integridad del proceso electoral, lo que ha llevado a las autoridades electorales a adoptar normas más estrictas para impedir que se presenten candidatos con presuntos vínculos con grupos delictivos. En consecuencia, la seguridad pública en 2026 se convierte no solo en un debate político, sino también en una cuestión democrática, donde los límites entre la representación política y la influencia criminal se ponen cada vez más en entredicho.
Poder habitable
La infiltración del crimen organizado en la política brasileña ha ido mucho más allá de la teoría. Ahora existen pruebas documentadas de que las facciones criminales están construyendo redes de influencia dentro de las propias instituciones estatales. —ya no se contentan con controlar territorios y economías ilegales, sino que intervienen activamente en el proceso político, financian campañas, cooptan a funcionarios electos y se aseguran de que las decisiones públicas sirvan a intereses criminales.
Uno de los ejemplos más llamativos involucra a Álvaro Malaquias Santa Rosa, conocido como Peixão, líder del Tercer Comando Puro (TCP) en el Complejo de Israel de Río de Janeiro. En marzo de 2025, la policía demolió un complejo turístico de lujo que le pertenecía, un símbolo ostentoso del poder paralelo que ejerce el narcotráfico en la zona. Sin embargo, los investigadores revelaron posteriormente que la demolición podría haberse producido 15 meses antes de no haber sido por la interferencia política. Al menos cuatro fuentes de diferentes organismos involucrados en la planificación de la operación afirmaron que dos políticos habían actuado para cancelarla: el diputado estatal Roosevelt Barreto Barcelos, conocido como Val Ceasa (PRD), y el ex concejal Ulisses Marins (União). Según los informes, ambos visitaron la comisaría local para solicitar que se respetara la propiedad, alegando que en el lugar funcionaba un proyecto social. La conexión también se evidencia en las urnas: una encuesta del periódico "O Globo" reveló que ambos políticos son sistemáticamente los más votados en los barrios controlados por Peixão; quien controla el territorio tiene una enorme influencia en quién obtendrá los votos locales.

Una investigación paralela de la Policía Federal sobre el Comando Rojo (CV) reveló que la mayor facción criminal de Brasil opera con una estrategia deliberada de reclutamiento político, buscando aliados que puedan brindar protección institucional e influencia sobre las decisiones públicas. La misma investigación reveló que miembros de la CV tuvieron acceso indebido a borradores de documentos judiciales y archivos de la fiscalía, incluidas direcciones que figuraban en órdenes de registro e incautación vigentes, a través de un oficial de la policía militar asignado al tribunal estatal de justicia que estaba haciendo llegar material "altamente sensible y confidencial" a traficantes a cambio de sobornos.
Este fenómeno no se limita a Río. El fiscal de São Paulo, Lincoln Gakiya, investigador del Grupo Especial de Trabajo para Combatir el Crimen Organizado (Gaeco), que lleva investigando al Primer Comando de la Capital (PCC) desde 2004, advirtió que esta facción ya ha financiado campañas para concejales y candidatos a la alcaldía en todo el estado de São Paulo. Los informes de inteligencia identificaron a decenas de candidatos vinculados al PCC que se postulan para las elecciones municipales de 2024. Según Gakiya, la facción no busca escaños legislativos de alto perfil, sino que se centra en cargos locales que permiten el acceso directo a contratos públicos y servicios municipales, los mecanismos de poder más discretos, difíciles de controlar y más fáciles de explotar.

En conjunto, estos casos apuntan a un patrón coordinado: el crimen organizado en Brasil no busca derrocar al Estado, sino controlarlo. A medida que se acercan las elecciones de 2026, la pregunta ya no es si las facciones criminales tienen influencia política, sino cuán profunda es esa influencia.
La seguridad pública como cuestión electoral
A medida que se acercan las elecciones de 2026, se prevé que la seguridad pública se convierta en uno de los temas políticos más controvertidos de Brasil, basándose en un patrón ya documentado de creciente influencia criminal en la dinámica electoral. Datos e investigaciones recientes indican que no se trata de un fenómeno nuevo, sino de uno que se ha intensificado con la expansión de las facciones criminales en todo el país, lo que aumenta la presión sobre las instituciones electorales para que respondan.
Las evidencias de las elecciones municipales de 2024 ilustran la magnitud del desafío. En el estado de São Paulo, el Tribunal Electoral Regional (TRE-SP) identificó a unos 70 candidatos con presuntos vínculos con organizaciones criminales, incluido el PCC. De ellos, 12 resultaron electos, entre ellos alcaldes y concejales, y muchos siguen bajo investigación o enjuiciamiento tanto en tribunales electorales como penales. Una investigación independiente de la Policía Federal informó que grupos criminales interfirieron o intentaron interferir en los resultados electorales en al menos 42 municipios de todo el país, y las estimaciones sugieren que el PCC invirtió millones de reales en el apoyo a candidatos políticos.

En respuesta a esta creciente preocupación, las autoridades electorales han tomado medidas para endurecer las normas de cara a las elecciones de 2026. El Tribunal Superior Electoral (TSE) adoptó un marco regulatorio más estricto con el objetivo de impedir que se presenten candidatos con presuntos vínculos con el crimen organizado. Este cambio se basa en un precedente legal en el que el Tribunal ratificó el rechazo de una candidatura vinculada a la actividad de milicias en Río de Janeiro, con base en disposiciones constitucionales que prohíben el uso de organizaciones paramilitares por parte de actores políticos. Por primera vez, el Tribunal ha intentado ampliar los mecanismos preventivos más allá de las condenas penales firmes, incorporando restricciones basadas en pruebas en sus resoluciones electorales.
A nivel operativo, los tribunales electorales regionales también han comenzado a reforzar sus herramientas de control. En Río de Janeiro, por ejemplo, la TRE está integrando datos de inteligencia de los organismos de seguridad para identificar posibles vínculos entre candidatos y grupos criminales, con el apoyo de grupos de trabajo de investigación especializados. El objetivo es permitir que la Fiscalía Electoral impugne las candidaturas sospechosas antes de que comience el período oficial de campaña, reduciendo así la probabilidad de que personas con vínculos con facciones o milicias lleguen a ocupar cargos electos.
En este contexto, es probable que la campaña de 2026 se desarrolle bajo un escrutinio sin precedentes en lo que respecta a la infiltración criminal en la política. Las autoridades electorales, los organismos de seguridad y los actores políticos participan en la delimitación de la participación democrática. — una contienda que, en parte, estará marcada por las mismas redes criminales que intentan excluir.
Respuesta del gobierno
Para contrarrestar la creciente presencia de facciones criminales, el gobierno de Lula puso en marcha tres iniciativas interconectadas en 2026. En conjunto, conforman una estrategia de legislación más estricta, coordinación federal y nueva financiación, aunque el bloqueo legislativo en el Congreso ha ralentizado la reforma estructural.
- Ley contra las facciones (promulgada en marzo de 2026): Esta legislación estableció una definición legal formal de facciones criminales, aumentó las penas de prisión y amplió la confiscación de bienes. Sin embargo, las tensiones entre el poder ejecutivo y el legislativo llevaron al Congreso a eliminar un mecanismo clave de financiación: la tributación de las apuestas deportivas.
- El Comité Ejecutivo de Seguridad Pública: Diseñada para garantizar la financiación a largo plazo, esta enmienda constitucional destinaría el 30% de los ingresos fiscales procedentes de las apuestas y una parte de los fondos del petróleo presalino a programas de seguridad. Si bien fue aprobada por amplia mayoría en la Cámara de Representantes en mayo de 2026, permanece estancada en el Senado debido a disputas políticas.
- Brasil contra el crimen organizado (Lanzamiento a principios de 2026): Para sortear la parálisis legislativa, el poder ejecutivo puso en marcha este programa con el fin de demostrar su capacidad de acción inmediata. Respaldado por una inversión directa de R$1.06 millones y una línea de crédito de R$10 millones para los gobiernos locales, financia la seguridad penitenciaria, la inteligencia financiera y las operaciones contra la trata de personas.
Sin embargo, estas medidas se están implementando en un entorno político ya marcado por evidencias de infiltración criminal e intentos constantes de facciones por influir en los procesos electorales e institucionales. Esto genera una tensión estructural entre el diseño de las políticas de seguridad pública y el contexto en el que deben operar, especialmente porque las iniciativas clave siguen estando sujetas a disputas legislativas y negociaciones políticas.
A medida que se acercan las elecciones de 2026, esa tensión se agudiza. El riesgo no reside simplemente en que estas medidas no alcancen sus objetivos declarados, sino en que el propio ciclo electoral se vea comprometido antes de que las herramientas diseñadas para evitar ese resultado estén plenamente implementadas. Una de las pruebas decisivas de la resiliencia democrática del país en los próximos años será si las instituciones brasileñas demuestran ser lo suficientemente fuertes como para hacer cumplir los límites que están trazando, o si el crimen organizado continúa explotando la brecha entre la ambición legislativa y la realidad política.



