Resumen
El debate sobre si las facciones criminales brasileñas deben clasificarse como organizaciones terroristas ha cobrado relevancia recientemente. En el centro de este debate se encuentran grupos como el Primer Comando Capital (PCC) y el Comando Rojo (CV)., que, a pesar de sus altos niveles de violencia y control territorial, no son consideradas legalmente organizaciones terroristas según la ley brasileña. Esta distinción tiene su origen en el marco jurídico del país, que define el terrorismo en función de motivaciones ideológicas, políticas o discriminatorias—criterios que no se ajustan a la naturaleza lucrativa de estos grupos.
La situación se ha complicado aún más por la postura del gobierno de Estados Unidos bajo la administración Trump, donde definiciones legales más amplias podrían potencialmente llevar a la designación de estos grupos como Organizaciones Terroristas Extranjeras (FTO, por sus siglas en inglés).Esta medida ha suscitado una gran preocupación en lo que respecta a la soberanía nacional, el futuro de la cooperación internacional y la posible injerencia de Estados Unidos en las políticas de seguridad interna de Brasil.
Más allá de la clasificación legal, el debate tiene un peso político significativo, especialmente en el contexto de las elecciones de 2026, donde se ha utilizado para enmarcar narrativas contrapuestas sobre seguridad pública.Al mismo tiempo, persisten las dudas sobre la eficacia práctica de dicha reclasificación, lo que suscita preocupaciones fundamentales sobre las consecuencias y limitaciones de redefinir el crimen organizado como terrorismo.
Límites conceptuales entre el crimen organizado y el terrorismo.
La postura del gobierno brasileño en contra de clasificar a las facciones criminales nacionales como organizaciones terroristas refleja el marco jurídico y conceptual establecido en la legislación nacional. Según la legislación brasileña, el terrorismo se define como actos de violencia cometidos “por razones de xenofobia, discriminación o prejuicio basados en la raza, el color, la etnia o la religión, cuando se llevan a cabo con el propósito de provocar terror social generalizado o generalizado”, lo que subraya el papel central de la motivación ideológica o discriminatoria.Esta definición establece un umbral legal estricto y distingue el terrorismo de otras formas de violencia.

Dentro de este marco, grupos como el PCC y el CV no califican como organizaciones terroristas.Las autoridades brasileñas argumentan que estos grupos están orientados principalmente al lucro y operan a través de actividades ilícitas como el narcotráfico, el contrabando de armas y el lavado de dinero. Como señaló un exfuncionario del Ministerio de Justicia, Estas organizaciones “no tienen ninguna orientación ideológica, política o religiosa… su objetivo es cometer delitos y blanquear dinero”.”, reforzando así la idea de que la motivación es el factor diferenciador clave.
Esta distinción se ve respaldada además por la doctrina jurídica. Según Thiago Bottino, profesor de Derecho en la Fundación Getúlio Vargas, “Un acto terrorista busca desestabilizar al gobierno, mientras que las organizaciones criminales como la nuestra no buscan desestabilizar a ningún gobierno.Además, explica que “cuanto más estable sea el entorno, mejor será para sus actividades delictivas”, lo que subraya cómo el crimen organizado tiende a depender de la estabilidad institucional en lugar de desafiarla.
Impactos legales, internacionales y de seguridad
La posible designación de facciones criminales brasileñas como Organizaciones Terroristas Extranjeras (OTE) por parte de Estados Unidos generaría importantes consecuencias legales, financieras y diplomáticas., que va mucho más allá de un cambio simbólico en la clasificación. La medida desencadenaría una serie de mecanismos legales bajo la jurisdicción estadounidense con efectos extraterritoriales.
Una de las consecuencias más inmediatas sería la posibilidad de congelar los activos vinculados a estas organizaciones en jurisdicciones conectadas al sistema financiero internacional.Además, las empresas y los particulares —incluso aquellos asociados indirectamente con estos grupos— podrían enfrentarse a sanciones y restricciones más severas.
Esta clasificación también mejoraría la capacidad de Estados Unidos para hacer cumplir la ley extraterritorialmente, incluyendo mayores poderes de investigación y una mayor presión para que las autoridades brasileñas cooperen entre el poder judicial y la policía.Según los expertos, esto podría dar lugar a solicitudes más frecuentes de intercambio de información, operaciones conjuntas y acciones coordinadas de aplicación de la ley, lo que podría reconfigurar la cooperación bilateral en materia de seguridad.

Más allá de las dimensiones financieras y legales, la medida plantea preocupaciones sobre la soberanía y el uso de la fuerza. Como señaló Jorge Lasmar, profesor de Relaciones Internacionales en la PUC Minas, Esta designación podría “abrir el acceso a herramientas de inteligencia y contraterrorismo, y cambiar la doctrina sobre el uso de la fuerza”.
Este cambio podría justificar acciones unilaterales. Entre los ejemplos citados en la región se incluyen las operaciones estadounidenses contra redes de narcotráfico en Venezuela, como el ataque a embarcaciones sospechosas de participar en actividades ilícitas, así como la justificación más amplia utilizada en acciones que involucran al gobierno venezolano bajo acusaciones de "narcoterrorismo". Clasificaciones similares también se han aplicado a grupos como el Cártel de Jalisco, el Tren de Aragua y la MS-13.
En términos de seguridad pública, la reclasificación podría cambiar el enfoque, pasando de la lucha contra el crimen organizado transnacional a un enfoque estricto de lucha antiterrorista.Esto suscita preocupación por la militarización de las estrategias de seguridad, incluido el uso ampliado de las fuerzas armadas en zonas densamente pobladas y vulnerables, donde tales enfoques pueden aumentar los riesgos para los civiles.

En la práctica, Los resultados siguen siendo inciertos.La evidencia de países como México y El Salvador sugiere que este tipo de designación a menudo produce un impacto operativo limitado en las organizaciones criminales.Sus efectos más significativos podrían recaer sobre la economía, aumentando los costos de cumplimiento, generando incertidumbre financiera y ejerciendo una presión adicional sobre las instituciones brasileñas responsables de la aplicación y la supervisión.
También es importante señalar que dentro del propio marco legislativo brasileño han surgido intentos de clasificar a las facciones criminales como organizaciones terroristas.Miembros tanto de la Cámara de Diputados como del Senado han propuesto cambios para equiparar el crimen organizado con el terrorismo, incluyendo debates recientes en torno a la denominada "Ley Antifacciones". Comités del Congreso han aprobado proyectos de ley que buscan clasificar como terrorismo los actos cometidos por facciones criminales y milicias, particularmente en casos que involucran control territorial, intimidación y ataques contra servicios públicos. Sin embargo, estas iniciativas no han llegado a convertirse en leyes vinculantes, debido a obstáculos legales y resistencia política.
En definitiva, la reclasificación no solo alteraría el tratamiento legal de estos grupos, sino que también generaría tensiones políticas y diplomáticas más amplias. Como señalan los analistas, la preocupación de Brasil no se limita a las implicaciones legales, sino que también abarca el precedente que podría sentar al permitir la influencia externa sobre un tema que el país define como crimen organizado, en lugar de terrorismo internacional.
Impactos políticos y limitaciones prácticas
A nivel nacional, El debate sobre la clasificación de las facciones criminales brasileñas como organizaciones terroristas se ha arraigado profundamente en la agenda política del país, con implicaciones directas para la contienda presidencial de 2026.Los debates en torno a grupos como el CV y el PCC se han convertido en lo que los analistas describen como una «trampa electoral», polarizando el panorama político entre posturas de seguridad intransigentes y posiciones institucionales más cautelosas. Los actores de la oposición han utilizado este tema para abogar por políticas más estrictas, transformando un debate jurídico técnico en una narrativa con una fuerte carga política.
En este contexto, los argumentos jurídicos suelen simplificarse en el discurso público, sobre todo en la retórica electoral y en las redes sociales. Como resultado, han cobrado fuerza las narrativas que presentan a las autoridades como indulgentes o ineficaces para combatir el crimen organizado. Esta dinámica reduce los complejos debates políticos a posturas binarias, lo que limita el espacio para la toma de decisiones matizadas y la formulación de políticas basadas en la evidencia.
Al mismo tiempo, Ampliar el concepto de terrorismo para incluir a las facciones criminales suscita preocupación por las libertades civiles y el posible mal uso político.Expertos como Ben Saul, relator especial de las Naciones Unidas sobre la lucha contra el terrorismo y los derechos humanos, y Eugenio Raúl Zaffaroni, exjuez de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, advierten que La aplicación de las leyes antiterroristas a grupos no ideológicos puede propiciar abusos y debilitar las garantías legales.En Brasil, una legislación reciente exigió el veto presidencial para evitar disposiciones que pudieran afectar a los movimientos sociales, mientras que los debates previos sobre la Ley Antiterrorista suscitaron temores de un uso indebido contra las protestas. Estos acontecimientos ilustran cómo la ambigüedad jurídica puede traducirse en riesgos para la sociedad civil y las garantías democráticas.
Conclusión
El debate sobre la clasificación de las facciones criminales brasileñas como organizaciones terroristas refleja un dilema más amplio entre la urgencia política y la precisión jurídica. Si bien la propuesta puede parecer que ofrece una respuesta más contundente al crimen organizado, sus limitaciones prácticas y conceptuales generan importantes preocupaciones.El marco jurídico brasileño distingue claramente el terrorismo del crimen organizado en función de la motivación, exigiendo una intención ideológica o política, criterios que grupos como el PCC y el CV no cumplen.
Desde una perspectiva política, Existen pruebas limitadas de que la reclasificación de dichos grupos mejoraría significativamente la eficacia de las fuerzas del orden.La experiencia internacional sugiere que Este tipo de designación suele tener un impacto operativo limitado, a la vez que genera efectos secundarios legales, económicos y diplomáticos, como mayores costes de cumplimiento, incertidumbre financiera y dificultades para la cooperación internacional.Además, el cambio hacia un enfoque antiterrorista conlleva el riesgo de distorsionar la estrategia de seguridad y fomentar respuestas militarizadas que no se ajustan bien a la dinámica del crimen organizado.

El debate sobre si las facciones criminales deben clasificarse como organizaciones terroristas pone de manifiesto los altos riesgos de politización, especialmente porque las distinciones legales a menudo se simplifican con fines electorales.Esta situación se agrava aún más por la presión externa del gobierno de Trump. Al alinearse con la postura estadounidense, ciertos sectores políticos buscan demostrar lealtad ideológica a Trump, presentando al gobierno actual como indulgente con el crimen. Sin embargo, este giro hacia una perspectiva centrada en el narcoterrorismo ha generado profunda preocupación respecto a la soberanía nacional, ya que podría propiciar la extralimitación jurisdiccional de Estados Unidos y permitir que la influencia extranjera dicte las políticas económicas y de seguridad interna de Brasil.



